Me tiré con la certeza de que me iba a caer

No me puedo mover, tengo un moretón gigante en la nalga y cientos en las piernas, me duelen los brazos y apenas puedo caminar: ayer fuimos a esquiar.

Mi primer contacto con la nieve fué con el señor del raspado cuando salía de clases de natación, después en el Nevado del Ruíz, con mal de altura, olor a azufre, frío y ganas de volver a tierra caliente, el año pasado pasé unas semanas de invierno en Bariloche y por primera vez ví la nieve caer del cielo, la toqué, me la comí y la disfruté, pero la relación que establecimos ayer es verdadera, intima, cercana… De ahora en adelante, la nieve y yo somos una sola.

No me gusta el frío, ni el invierno, ni las capas de ropa que me tengo que poner para sobrellevar los “bajo cero”, no me gusta tener los pies fríos ni que se me congele la crema de dientes ni quedarme en la cama porque no soporto la temperatura mañanera, soy tropical, mi cuerpo esta diseñado para que el frío máximo sean diez grados y el calor treinta, pero de hoy en adelante no me importa nada, voy a perseguir las montañas, los inviernos,  y las pistas negras, voy a disfrutar del frío invernal siempre que pueda subir a una montaña y deslizarme.

Salimos de la casa a las ocho de la mañana con rumbo a la montaña, bajamos al centro hicimos dedo y nos levantó un australiano, Clint, conversamos, nos habló de su vida en Australia y de su temporada de invierno en Wanaka: Snowboard, esquí tra la la, tru lu lu…. todo completamente lejano de mi lenguaje y experiencias. Nos bajamos del carro y le dije: “nunca te voy a olvidar, sos parte de mi primera vez en la nieve” sin imaginarme que mi posición en la vida de “odio el frío” iba a cambiar drásticamente por “quiero mi pase para el próximo invierno”.

Todo era nuevo. Las botas, las aerosillas, las antiparras, bla bla bla, palabras que nuca había usado y que no entendía como se ponían ni como funcionaban. Salimos a la nieve y fuímos a la pista de principiantes, dos metros de pista con una mini pendiente que para mí era un mundo. No sospechaba lo que iba a pasar, en mi cabeza, esquiar era muy parecido a tener unos patines: estar en una superficie con pendiente y rodar. No.

Subirse a unos esquíes es intentar  pararse en una pista jabonosa, es tensionar las rodillas y dejar que la montaña haga lo que le de la gana con vos.

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Lean me dice: “Listo, vamos a la montaña, ya le perdiste el miedo”. Obviamente yo estaba en pánico, nos agarramos del poma (ni idea, otra nueva palabra) que nos subió hasta la cima de la montaña, no sé como me tiré, no sé que estaba pensando, no se de donde salió el impulso que me lanzó de frente a la pendiente. Me caí. Nunca me levanté, se me congeló la nalga, se me rasparon las manos con la nieve, me caí cien veces, Lean me levantaba, una y otra vez, avanzaba un metro y al suelo. Tenía que aprender a sentir la nieve y la pendiente.

Lean (esquí sensei) me enseñaba, me daba consejos y tips, yo… en el suelo.

Me paré, tuve que aprender a pensar y a sentir de una nueva manera, tuve que tirarme con la certeza de que me iba a caer.

Subimos, estaba decidida a ir de un lado al otro de la montaña haciendo lo que todos hacían con tanta facilidad, sentía la frustración de la inexperiencia, miré la montaña y sin pensarlo me tiré sin la presión de hacerlo bien, sin la presión de la técnica, sin pensar que en algún momento tenía que parar, con la ligereza de la ignorancia y permitiéndome ser torpe, lo hice. Lo hice y me caí, obvio, pero lo hice. Salí rodando, me dolió todo, pero ya no había vuelta atrás. Después del dolor en el cuerpo llegó la maldición de la montaña, dejé de ser dueña de mi misma, dejé de pensar en hacerlo bien, dejé de preocuparme por los golpes, me entregué a la velocidad y a las caídas, ahora a la montaña le pertenece mi felicidad.

 

Tenemos una historia para contarles

El jueves en la mañana salimos a dejar las obras en la exposición, nos levantamos temprano, caminamos sobre las hojas secas del otoño (la nueva experiencia de mi primer otoño) y entregamos los cuadros mientras las señoras que nos los recibían nos respondían cosas en su inglés neocelandés inentendible. Entre todas esas cosas nos dijeron que la inauguración era a las siete de la noche así que me preparé para ir sola porque Lean tenía que trabajar.

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Llegué a las siete y pico y había unos artistas invitados hablando de la exposición y de lo mucho que les había gustado bla bla bla (entendí la mitad de lo que decían), yo me quería ir a ver la exposición pero estaba bloqueada por el corrillo de gente. Entonces esperé que terminaran de hablar. Al final llega una señora con unos papeles: saca el primero, lee un nombre y una chica se acerca, dice “thank you”, la jurado dice unas palabras acerca de su obra y vuelve al puesto. Así pasa con otras dos personas, dicen el nombre, el artista pasa al frente, le hablan de la obra, dicen “thank you” aplausos y fin. Sacan un nuevo papelito y dicen: “Marcela yaram.. yaramil… “how can you say that? Yaramil… Diaz” Whattttt!!!!! yo levanto mi mano y grito… Jaramillo!!! it´s me!! la gente se ríe y yo no entiendo que rayos esta pasando. Paso al frente mientras todos me miran y la jurado me dice (en inglés) que le encantaron las obras, que el punto de vista, que los colores, que las manchas de la acuarela, que el registro de la vida, que la luz, que los tres, que el paisaje de lo cotidiano…. que le EN-CAN-TA-RON…. nahhhh…. en serio nos está pasando esto? Aplausos, la gente me mira, yo estoy roja y vuelvo a mi puesto con las manos temblorosas y el corazón acelerado.

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Se terminó la ceremonia y yo me sentí como una rockstar, la gente me hablaba, me perseguía, me preguntaba cosas, me felicitaba y yo solo sonreía y decía “oh thank you, thank you sooo much!” mientras le narraba a Lean minuto a minuto de lo que había pasado por mensajes de texto.

Me fuí para la casa sin entender lo que nos habíamos ganado, para mi era un diplomita de reconocimiento porque les había gustado y listo, al otro día fuimos en la mañana y nos dimos cuenta que nos habíamos ganado el primer puesto sobre todas las pinturas de la exposición, los otros reconocimientos eran para escultura, fotografía y collage.

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“Me estás jodiendo?” dice Lean.

Dimos una vuelta por la galería, votamos por las obras que nos gustaron y salimos saltando de felicidad a celebrar con helado y papas fritas.

Nos vamos a llenar de plata!! Las vamos a vender todas!! se van a pelear por nuestras pinturas!! hagamos más y las subastamos!!!

pasó un día y no habíamos vendido ninguna… “bueno, creo que nos entusiasmamos demasiado… esperemos a ver que pasa mañana”

Pasaron dos días y nada…. “Está todo bien, las hubiéramos vendido si hubiéramos hecho un paisaje cualquiera o si hubiéramos hecho cosas complacientes”

pasaron tres días…. “Aggg malditos! compren nuestras pinturas que tenemos hambre jaaaa”… “por qué no las vendemos en la ruta? de pronto las compran!”

Cuatro días después volvimos a la galería a recoger los mismos tres cuadros que habíamos dejado. No vendimos nada de nada pero nos quedamos con la satisfacción de haber hecho lo que queríamos y de haber tenido un reconocimiento, nos sentimos como estrellas de rock incomprendidas así que las colgamos en nuestra mini casa con el diploma y con la esperanza de no ser un “one hit wonder”.

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La telenovela de mi visa

Esto va para todos los que me han preguntado o los que se han intrigado por el estatus de mi visa y de mi vida viajera.

Salí de Nueva Zelanda porque me habían dando la odiada “limited visa” de la que les había hablado antes, tenía que salir del país para pedir una nueva visa y nos fuimos para Australia a hacer todos los trámites.IMG_0690

Llegamos a Sydney recogimos todos los papeles y nos fuimos para la embajada a hacerle preguntas a un humano. Esa humana nos mandó para la casa a que leyéramos en el website porque ella no tenía ni idea de qué le estábamos hablando. Finalmente entregamos los papeles el 16 de diciembre y nos metalizamos para esperar 25 días que se demora la respuesta de la visa.

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Mientras esperamos hicimos de todo; conocimos Sydney al derecho y al revés, Cristina nos llevó de paseo, hicimos picnics, viajamos en tren, llegamos a Melbourne, amamos Melbourne, visitamos a mi hermanito, (hicimos mil cosas mas que les contaré en otro comunicado) esperamos y esperamos hasta que finalmente tuvimos una respuesta de los malditos. Me dieron una visa por un mes (otra vez). Malditos, malditos, malditos….Compramos un tiquete a Nueva Zelanda, nos fuimos al aeropuerto y la chica del check-in nos dice que tengo que tener un tiquete de vuelta, que especialmente para los colombianos exigen tiquete de salida del país. Salimos corriendo a comprarlo antes de que nos dejara el vuelo, lo compramos, pasamos migración, corrimos al avión, nos sentamos y tuvimos un plácido vuelo hasta Nueva Zelanda. Llegamos, nos bajamos, pasamos migraciones, me pidieron la visa, el tiquete que habíamos acabado de comprar y me dejaron entrar sin mas trabas ni complicaciones, así que aquí estamos en Wanaka, en una casa increíble con La rubia y Marce que son increíbles disfrutando de un Lago hermoso y de unas montañas nevadas preparándonos para volver a mandar los papeles para extender la maldita visa de un mes que me dieron. fin

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